EL MIMADO DE ALBERTO

De Crítica a Richmond: el hombre que hará la Sputnik

Marcelo Figueiras, presidente de Laboratorios Richmond.

Benjamín Justo Lara

 El jueves 23 de septiembre de 2010, en el microcentro porteño, un grupo nutrido de periodistas, dejados a la buena de Dios -de un día para el otro- en abril de ese mismo año, armaban la Caravana de la Unidad: con Osvaldo Bayer, a la cabeza de la lucha de los trabajadores y trabajadoras del Diario Crítica de la Argentina.

Ovacionado por un centenar de compañeros y casi 40 delegados de todos los medios de Capital, Bayer pronunció un emotivo discurso donde recordó sobre las viejas luchas del gremio y denunció la -por entonces- criminal ausencia de la conducción de la UTPBA, que abandonó a su suerte a los trabajadores de Crítica, en medio del conflicto desatado por el cierre del diario.

Por esos días, unas 190 familias le exigían a la justicia -específicamente al Juzgado en lo Comercial Nº 9, encarnado por el juez Fernando Durao, que entendía en la quiebra de Papel 2.0 S.A., la empresa que editaba el matutino-, que resuelva de inmediato el reparto de todo el dinero que había en la cuenta bancaria judicial.

Así fueron esos meses, entre marzo y octubre de 2010. Periodistas manifestándose en las calles, en pleno Bicentenario, yendo de un lado a otro, para ver si los dueños y accionistas de Crítica se hacían cargo de algo. Había sido fundado -y posteriormente fundido- por Jorge Lanata. El diario fugaz, comenzó su tirada el 2 de marzo de 2008 y dejó de editarse dos años después.

Fue dirigido in situ durante un año por Lanata. Después lo fundió. Y comenzó a buscar financistas. Así fue que apareció el empresario español Antonio Mata -accionista mayoritario con el 78% de los activos-, quien más tarde sería investigado, acusado y procesado por sospechas de administración fraudulenta (debió pagar 99 millones de euros, monto evadido al fisco de España), en la causa judicial abierta por el vaciamiento de Aerolíneas Argentinas.

En mayo de 2010 la sociedad editora se presentó en concurso de acreedores, y -tras el fracaso-, solicitó su propia quiebra judicial en agosto. En el medio se produjo un proceso de "vaciamiento" de los bienes de la empresa por parte de Mata, quien se había metido en Crítica para utilizar al diario como tribuna de presión contra el Gobierno de Cristina Fernández, para obtener una licencia aérea vernácula -tipo low cost-, que llevaba el nombre de Air Pampas.

Lanata dijo: "Yo elegí como socio a Mata". Pero no era el único. Había otros detrás de bambalinas. No hace falta recordarlos a todos. Sí a uno de ellos, que cobró vital marquesina en los últimos días. Nada más ni nada menos que Marcelo Figueiras, dueño de los Laboratorios Richmond -una compañía argentina fundada en 1935-, el mismo que ahora asegura no menos que Quijoteará contra el covid-19 en Argentina, proveyendo vacunas.

Este hincha fanático de River, que nació el 16 de noviembre de 1963, en la ciudad de Buenos Aires, egresó de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) como contador público nacional en 1989. Dicen que antes de ser presidente de Laboratorios Richmond, trabajó tres décadas en esa compañía. Las malas lenguas señalan que su madre era amiga de la dueña y un día que él las encontró a las dos hablando sobre el trabajo, se acercó a ella y le dijo: "Señora, déjeme que yo me ocupo de esto".

Más allá de las fantasías incomprobables, lo cierto es que este empresario tiene siete hijos -seis mujeres y un varón de seis años- es amante de las motos, se asume como deportista, runner, hasta participó de varios Iron Man, según comentan sus cercanos. Está en pareja con la ex senadora del PJ María Laura Leguizamón. Amigo de sus amigos, como los Martín Redrado y Lousteau, y hasta Jorge Lanata. Pero detengámonos en este nombre.

¿De qué se ríe Figueiras? preguntaban los trabajadores del Diario en sus ediciones de protesta.

Benditos archivos. En una nota publicada en la edición de Crítica de la Argentina -del 4 de marzo de 2008- titulada "A mis amigos (que preguntan por qué invertí en este diario)", Figueiras -dueño del 22% de las acciones- desnuda en formato dixit aquel entramado de hace más de una década:

"La única vez que escribí algo fue otra carta titulada "A mis amigos", en el libro que editamos cuando terminamos la escuela secundaria, La proa al mar. Treinta años después se me ocurrió sentarme y escribirles otra carta, contestando a la pregunta que me hacen en estos días:

-¿Por qué te metiste en esto? ¿Un diario con Lanata? ¿Estás loco?

"Quizá lo esté", respondo. Quizá porque cuando era chico soñaba con ser periodista, cronista de guerra, despertarme en un país lejano, en el medio de un conflicto. Son los únicos sueños que recuerdo de mi infancia (aparte de mis desvelos con las películas de la Coca Sarli, que nos escapábamos a ver con Carlitos y Sandy al Gran Liniers). Luego la vida me llevó por otro camino. Arrugué, me conformé con enamorarme de Cristiane Amanpour, de la CNN, o con abalanzarme un día, durante un congreso de Sida en Tailandia, sobre Riz Kan, también de la CNN, que pasó por nuestro stand, o seguir a Gustavo Sierra, desde donde estuviera, en sus notas de Clarín.

De todas formas la vida me premió: pude, como siempre recuerda con orgullo mi amigo y primer jefe, Alberto Fontenla Miró, pasar de la parada del 152 en Maipú y Roca a tener varias empresas en nuestro país.

Cuando mi amigo y compañero de golf Gabriel Cavallo, quien tuvo la difícil tarea de buscar inversores, me planteó el plan de negocios de Crítica de la Argentina, me dijo:

-Marcelo, necesitamos juntar un grupo de tipos que quieran jugarse a un proyecto riesgoso, pero eventualmente rentable, claro, si sale bien. No es cualquier empresa: ¿cuántos diarios se fundan en el mundo? ¿Te imaginás hacer semejante aporte cultural?

Dije que sí. Inmediatamente. Por mi antiguo sueño y porque me contagiaron el entusiasmo y la determinación de Gabriel, dispuesto a dejar 25 años de una carrera judicial brillante, vitalicia, en la que sólo le quedaba sentarse a cosechar cómodamente lo que había sembrado.

Y ahí estaba, sentado con Lanata, quien me explicaba que quería reunir un grupo de tipos de la mediana empresa nacional, que no le rompan las pelotas en su laburo editorial y que tuvieran nombre y apellido, ¡que no fueran una offshore!

Y ahí estábamos, firmando los contratos, juntando a los que pudimos, a los que apuestan en la víspera, que son pocos en relación a los muchos que luego aparecen, obviamente cuando un proyecto ya es exitoso.

En esos días aparecieron los que te explican cómo vas a fracasar. Había entre estos simples agoreros, de esos capaces de contarle a una embarazada todos los problemas de un parto; pero había también amigos del alma, de esos que hablan desde el corazón. Todos, asombrosamente, coincidían:

-Flaco, mirá que las rotativas te comen los dedos.

-¡Estás loco! ¿Cómo te vas a meter en una cosa así, si a vos te va bien, no sabés cómo son estos tipos del Gobierno? Olvidate de tus empresas, te las van a cerrar a todas.

-¿Y si eso es un mito?, me permití dudar. Pero insistieron:

-Aparte, el Gordo es el Gordo, va a salir a pegar, está en sus genes. ¡Abrite de ese quilombo!

Y pensé: "Puta, tienen razón, ¿qué estoy haciendo aquí?''. Me asusté, me desvelé, lo hablé con mi amiga y esposa desde hace 25 años y nos preguntamos: ¿Qué es este cagazo? ¿La libertad de prensa es un verso? ¿En qué país estamos viviendo? ¿Qué queremos para nuestros hijos, a Chávez? ¿Volvemos a la época de los milicos, a esa que, paradójicamente, se juzga con tanto énfasis en estos días. ¿No estaremos cometiendo el mismo error, desde otro ángulo? Todos escuchamos el "no te metas'', y así nos fue.

Recordé entonces los coloquios de IDEA a los que asistí, donde vi a grandes empresarios, pero grandes grandes de verdad, criticando por lo bajo, pero elogiando al Gobierno en público, y me dio vergüenza.

-Te doy la guita, pero no me pongas publicidad -dijeron algunos posibles anunciantes.

Eso me terminó de convencer: pongo mi granito de arena, me dije, esta vez no arrugo".

Y firmó "Marcelo Figueiras. Director ejecutivo adjunto de Crítica de la Argentina". Menos de dos años después, no quedaba ni el cenicero del habano del Lanata que se animó a las revistas, a las vedettes y al café concert. Sí quedaron 190 familias en Pampa y la vía, o -mejor dicho- en las puertas de Maipú 271, redacción del malogrado diario. 

El 16 de abril de 2010, estos laburantes se manifestaron frente a las oficinas de Figueiras en reclamo del pago de los salarios que la empresa adeudaba y que dejó impagos violando el acuerdo firmado el 20 de enero de 2010 ante el Ministerio de Trabajo. Cerca de cien periodistas, diagramadores, infografistas, reporteros gráficos, correctores y trabajadores de prensa del diario fueron a buscar al empresario para que diera sus explicaciones, pero no lo hizo.

Pasaron los años. Pasaron cosas. ¡Hasta sobrevino una pandemia! Y en medio del desastre sanitario, se erigió como el empresario farmacéutico que fabricó 21.000 dosis de la Sputnik V; que Rusia comprobará su eficacia con controles de calidad; y tras lo cual sentenció: "Vamos a empezar produciendo un millón de dosis mensuales de Sputnik V".

"Lo que nosotros vamos a hacer es la última parte de la etapa productiva: desde Moscú, nos van a mandar el principio activo y acá haremos la formulación, filtramos y llenamos [los viales]. Ese es un proceso que vamos a ir escalando en la planta pequeña que tenemos hoy, hasta que terminemos de construir la que anunciamos, que demorará alrededor de un año: empezaremos con un millón de dosis mensuales e iremos aumentando hasta llegar a los cinco millones de dosis por mes, que es un número importante", aseguró. "En la planta nueva, vamos a producir casi 500 millones de dosis anuales. La Argentina va a ser un nodo importante para la fabricación de vacunas". Parece un plan ciclópeo. Dios quiera que esta vez, los que queden a la buena de Dios, no sean 'algo más' de 190 familias. Alberto Fernández cuasi puso en sus manos, ya no el 22% de un diario, sino el destino de la salud pública de una Nación, nada menos.

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